miércoles, julio 23, 2014

UN SACERDOCIO SANTO


                         

vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo [1Pedro 2:5]

 

En el Antiguo Testamento el sacerdocio estaba restringido a una minoría selecta. Su actividad distintiva era ofrecer sacrificios a Dios a favor de su pueblo y comunicarse directamente con Dios

Las responsabilidades sacerdotales en todas las sociedades son básicamente dos: La ejecución de los ritos religiosos y la comunicación con la deidad. El sacerdote cuida del santuario y comunica las decisiones divinas. Representa al pueblo delante de Dios y a Dios delante del pueblo.

Los estudiosos del Antiguo Testamento reconocen ahora que el sistema ritual de la religión de Israel comparte con los pueblos vecinos varias prácticas que antes se consideraban exclusivamente hebreas. Hay semejanzas notables con otros pueblos en la forma exterior de los ritos, pero esto no solamente no destruye el aspecto singular de la fe hebrea, sino que tampoco disminuye la importancia de esta fe como vehículo de la revelación divina. El sacerdocio en sus inicios respondió a las necesidades más profundas del corazón del hombre y, posteriormente, en la misión de la iglesia, proveyó un punto de contacto con las religiones no bíblicas.

 

 I- EL DESARROLLO DEL SACERDOCIO EN ISRAEL

A]- En el período patriarcal

Aunque el sacerdocio es el más antiguo de los oficios sagrados de Israel, el conocimiento de su historia es limitado. En cuanto al aspecto ritual, el jefe del clan era el llamado a construir un altar, levantar un pilar o plantar un árbol para señalar el lugar de una manifestación sagrada, como también a efectuar el oficio del  Sacrificio [Gn 8.20]; [1 R 18.31, 33]. Sin embargo, aun en tiempos patriarcales no se desconocía la necesidad de utilizar a una persona especialmente dotada para consultar a Dios.

El cuadro bíblico de la vida religiosa de Israel durante este período no revela un sistema muy desarrollado. Los altares, numerosos pero sencillos, reflejaban las exigencias de la vida nómada.

B]- En el período pospatriarcal

Desde Moisés el sacerdocio experimentó gran desarrollo. Ya no era solo el jefe patriarcal quien desempeñaba el papel sacerdotal, sino ciertas personas encargadas expresamente de un oficio hereditario, como la familia levita de Aarón [Éx 28], y en vez de ofrecer sacrificios sobre varios altares se disponía de un  Santuario ambulante que por su santidad exigía un cuidado especial.

La jerarquía levítica abarcaba al  Sumo sacerdote (Aarón, Eleazar, etc.), distinguido por un ungimiento especial y vestimenta singular, a los sacerdotes encargados del culto y a los  Levitas encargados de los deberes del culto comunes. Aunque al principio el sacerdocio no se limitaba a la tribu de Leví, el relato de Micaía [Jue 17] sugiere que el sacerdocio levítico era preferido. Es posible que otras personas no levíticas se incorporaran al sacerdocio levítico [Dt 33.8, 9].

Las relaciones entre Dios y su pueblo dependían en gran parte del oficio sacerdotal. Era el sacerdote quien comunicaba la palabra de Dios y aseguraba la precisión ritual en los actos de adoración. Solo el sacerdote podía manipular el  Urim y Tumin [Dt 33.8]; [1 S 28.6], y dar dirección en momentos de crisis, sobre todo con relación a la guerra santa.

Como guardador de las revelaciones pasadas y las experiencias del pueblo, el sacerdote era capaz de enseñar al pueblo la ley, distinguir entre lo limpio y lo inmundo, pronunciar con precisión las fórmulas de bendición y maldición, y hacer las decisiones finales con respecto a ciertas enfermedades y problemas físicos [Lv 11–15].

Las responsabilidades sacerdotales aumentaron cuando menguó la participación del laico en las ceremonias [Lv 1–6]. El sacerdote esparcía la sangre, quemaba el sacrificio y participaba en la comida sagrada.

El mantenimiento de los sacerdotes dependía de las ofrendas del pueblo, como la de las primicias del campo y los rebaños [Éx 13.12, 13]; [Nm 18.12–19], de cierta parte de los sacrificios, del pan de la proposición, y de una porción de los diezmos [Nm 18.26–28].

A pesar de la importancia del sacerdocio en Israel, durante el culto el sacerdote tenía ciertos límites desconocidos por otros pueblos. La prohibición de las imágenes no permitía la manipulación humana de la deidad, pues, según el concepto arcaico, una representación compartía la esencia de la realidad cósmica o terrenal que representara. Moisés, en oposición a los cultos de la fertilidad, tampoco permitió la construcción de altares hechos de piedras labradas [Éx 20.24, 25].

C]- En el período monárquico

Al terminar el período de los jueces, en Israel había dos familias sacerdotales de origen levita: la de Dan [Jue 18.1–4]; [1Cr 23.14, 15] y la de Silo, más tarde de Nob [1S 1–4]; [1 S 21.1–9]. Saúl, en un momento de locura, mandó matar a todos los sacerdotes de Nob. Abiatar escapó y se refugió con los proscritos de David en el desierto. Al establecerse en Jerusalén la capital del reino, Abiatar compartió con Sadoc el sumo sacerdocio de Israel.

Con la división del reino, Jeroboam, “hizo sacerdotes de entre el pueblo, que no eran de los hijos de Leví” [1 R 12.31]. Había, sin embargo, muchos levitas en el reino del norte y la mayoría de los sacerdotes debían haber sido de ellos. Desde la conquista, los levitas habían habitado ciertas ciudades esparcidas por todo el territorio de las tribus hebreas [Jos 21].

Algunos de los reyes ejercían (o por lo menos auspiciaban) funciones sacerdotales, aunque Saúl fue rechazado por haberlo hecho [1S 13.8–13];  [2 S 6.12–19]; [1 R 8.22]. Acaz ofreció sacrificios sobre el altar pagano que mandó construir en Jerusalén como gesto de sumisión al rey de Asiria [2 R 16.12]. El rey Uzías, no obstante, se volvió leproso por haber tratado de ejecutar funciones sacerdotales [2 Cr 26.16–20].

Bajo el rey  Josías el sacerdocio rural de la familia de Abiatar, desterrada en el tiempo de Salomón [1 R 2.26], sufrió una crisis debida a la reforma  (Deuteronomio). Ya no les era permitido sacrificar fuera de Jerusalén y, por la limitación impuesta por los sacerdotes de la familia de Sadoc, perdieron su fuente de ingresos [2 R 23.4]; [1R 2.26]. La clausura de los santuarios locales (los lugares altos), en un esfuerzo por erradicar el sincretismo religioso, probablemente provocó e impulsó el desarrollo de la  Sinagoga.

D]- Durante el cautiverio

A pesar de la destrucción del templo en (586 a.C). Y el destierro de las personas más hábiles, el culto sacerdotal continuó en el sitio del santuario destruido, aunque no sin el peligro del sincretismo [Jer 41.4]. Con el surgimiento de la sinagoga, y sin rechazar el sacerdocio, el judaísmo desarrolló una expresión religiosa capaz de sobrevivir el destierro y la destrucción del templo.

E]- En la restauración

Una vez que Ciro les permitió volver a Palestina, los judíos que regresaron a Jerusalén establecieron el culto tradicional. Como no había rey en Jerusalén, los sacerdotes asumieron funciones políticas, especialmente después del fracaso relacionado con la coronación de Zorobabel [Hag 2.23]; [Zac 6.9].

Los profetas atribuían la destrucción de Jerusalén y el sufrimiento de Israel a la rebelión contra la Ley de Jehová. En parte por esta interpretación, la  Ley llegó a ser céntrica para el judaísmo. Los judíos dispersos, que rara vez llegarían al templo ya reedificado, podían estudiar la ley. Surge una nueva clase de maestros, los  Escribas o doctores de la ley, que no eran sacerdotes. El sacerdote se limitaba cada vez más a las tareas ceremoniales y se convertía en un funcionario eclesiástico con poder político.

 

II- EL SACERDOCIO EN EL NUEVO TESTAMENTO

Para comprender la teología neotestamentaria del sacerdocio es necesario entender antes la relación del sacerdote hebreo con el  Pacto. Como pueblo de Dios, Israel era idealmente un reino de sacerdotes [Éx 19.5, 6]. Para guardar el pacto, la conservación de la santidad era fundamental. El sacerdote velaba por la santidad de la nación. Representaba vicariamente a la nación delante de Dios, pues ella por sí misma era incapaz de ser santa. Los levitas, por ejemplo, se aceptaban como substitutos por los primogénitos pertenecientes a Jehová [Nm 3.12, 13]. Los hijos de Aarón representaban a la nación delante del altar y el sumo sacerdote llevaba los nombres de las doce tribus cuando entraba en el santuario para hacer expiación en el Lugar Santísimo [Éx 28.29].

En el Nuevo Testamento, Cristo se presenta como el cumplimiento del sistema sacerdotal del Antiguo Testamento y el mediador del nuevo pacto [Jer 31.31]; [Mt 26.28]. Efectúa un sacrificio eternamente eficaz [Heb 9.11–28] que permite al creyente tener acceso directo a Dios [Heb 10.19–25].

Los cristianos primitivos se opusieron, como los judíos, al sacerdocio de otras religiones. La oposición al sacerdocio judío provocó la persecución de Jesús y sus discípulos por parte de los saduceos, el partido sacerdotal. Jesús, sin embargo, nunca repudió la institución sacerdotal. Envió a los sanados al sacerdote para el cumplimiento de los ritos de la purificación [Mc 1.44]; [Lc 17.14]; claro esta que Jesús nació bajo la Ley y nunca la abrogó, sino que la cumplió. Algunos sacerdotes hebreos se convirtieron y fueron agregados a la iglesia primitiva [Hch 6.7].

En la teología cristiana, Cristo es el cumplimiento del sistema sacerdotal por haber dado su vida “en rescate por muchos” [Mc 10.45]. Su obra sacerdotal se subraya en todas partes del Nuevo Testamento [Mt 26.26–28]; [Jn 1.29]; [2Co 3.18]; [Gl 3.20]; [1Jn 1.7]; [Ap 1.5]; etc.

 

A]- El sacerdocio universal de los creyentes

La doctrina del sacerdocio de los creyentes comprende la verdadera meta del sacerdocio bíblico, es decir, la responsabilidad de cada uno para con los demás. El creyente se identifica con Cristo y con el pecador, siendo “un intermediario para el prójimo”, en otras palabras, un sacerdote para los que buscan de Dios.

Ya no es una sola persona o una clase los llamados a mantener la santidad representativa delante de Dios por el pueblo pecador no santificado. El Nuevo Testamento exige que cada creyente sea santo y, a la vez, responsable de su hermano creyente, o los no creyentes. La iglesia como el cuerpo de Cristo comparte el sacerdocio de Jesucristo [1P 2.5, 9]; [Ap 1.6]; [Ap 5.10]; [AP 20.8] y es responsable delante de Dios por el mundo. [Heb 13.15, 16] y especialmente [Ro 12.1] especifican algunos sacrificios espirituales del sacerdote del Nuevo Testamento.

Cabe notar que el Nuevo Testamento jamás usa el título de sacerdote para el ministro de la iglesia. Esta costumbre, aunque empezó temprano en la historia de la iglesia (1 Clemente, La didajé, etc.), carece de base puesto que todo creyente es sacerdote espiritual delante de Dios.

B]- La Iglesia: El Cuerpo de Cristo y nación santa [1Pedro 2:9] Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.

El pueblo de Israel tenía un sacerdocio, pero la Iglesia de Cristo es un sacerdocio. Antes de la proclamación de la Ley, el que era cabeza de la familia ejercía también las funciones de sacerdote para los suyos [Gn 8:20]; [Gn 26:25]; [Gn 31:54]. Cuando la Ley fue propuesta, la promesa divina para la perfecta obediencia a dicha ley fue que Israel seria para Dios “un reino de sacerdotes” [Ex 19:6]; pero Israel violo la Ley, y Dios limito el oficio sacerdotal a la familia de Aarón, y designo a la tribu de Leví para que asistiera a los sacerdotes Aarónicos e instituyo de esta manera un sacerdocio que es típico del sacerdocio que ejerce el cristiano [Ex 28:1].

 

En la dispensación de la Gracia, todos los creyentes son incondicionalmente constituidos “reyes y sacerdotes” [1pedro 2:9]; [Ap 1:6], una distinción que Israel no logró obtener por medio de obras. El sacerdocio del creyente es, por lo tanto, un derecho de nacimiento, desde que entra en las aguas del bautismo y comienza su vida espiritual; así como cada descendiente de Aarón nacía para ser un sacerdote [Heb 5:1].

El principal privilegio de un sacerdote es tener acceso directo a Dios. Bajo la Ley sólo el Sumo Sacerdote podía entrar en el “lugar santísimo”, y esto una sola vez al año [Heb 9:7]. Cuando Cristo murió, el velo del templo, que es tipo de Cristo, se rasgó de arriba abajo, de modo que ahora los sacerdotes neotestamentarios, que son todos los creyentes, tienen acceso a Dios en el Lugar Santísimo, al igual con Cristo, el Sumo Sacerdote [Heb 10:19-22].  

 

El creyente como sacerdote de Dios, en el ejercicio de su función; debe ofrecer un amplio sacrificio:

 

- Su propio cuerpo: [Ro 12;1]; [Fil 2:17]; [2Ti 4:6]; [1Jn 3:16]; [Stg 1:27].

 

- Alabanza a Dios: “el fruto de labios que confiesan su nombre”, que ha de presentarse delante de Él “de continuo” [Heb 13:15]; [Ex 25:22].

 

- Sus bienes: [Heb 13:16]; [Ro 12:13]; [Gá 6:6,10]; [3Jn 5-8]; [Heb 13:2,16]; [Gá 6:10]; [Tit 3:14].

 

- Su servicio: Siempre “hacer el bien” [Heb 13:16].  

-Su intercesión: [Col 4:12]; [1Ti 2:1].

 

CONCLUSIÓN:

[1Pedro 2:9]: Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.

 

El sacerdocio de los creyentes es que somos elegidos para un propósito. Este propósito es para ofrecer sacrificios espirituales [Hebreos 13:15-16], y para anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable. Por lo cual, tanto por la vida [1Pedro 2:5]; [Tito 2:11-14]; [Efesios 2:10] como por la palabra [1Pedro 2:9]; [1Pedro 3:15], nuestro propósito es servir a Dios. Así como el cuerpo de creyentes es el templo del Espíritu Santo [1Co 6:19-20], así Dios nos ha llamado a servirle de todo corazón, por medio de la ofrenda de nuestras vidas como sacrificios vivos [Romanos 12:1-2]. Un día estaremos sirviendo a Dios en la eternidad [Apocalipsis 22:3-4], pero no en cualquier templo, “... porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ellos...” [Apocalipsis 21:22]. Así como el sacerdocio del Antiguo Testamento debía estar libre de contaminación, como se simbolizaba al ser ceremonialmente limpiado, así Cristo nos ha hecho santos posicionalmente ante el Padre. Él nos llama a vivir vidas santas, sin contaminación; apartadas del espíritu mundano, para que también podamos ser un “sacerdocio santo” [1Pedro 2:5].

Los creyentes somos llamados “reyes y sacerdotes” y un “real sacerdocio” como un reflejo de su posición privilegiada como herederos del reino del Dios Todopoderosos y el Cordero. Por este privilegio de cercanía con Dios, ningún otro mediador terrenal es necesario. Somos llamados sacerdotes, porque la salvación no es solo un “seguro contra incendios” para escapar del infierno. Más bien, los creyentes somos llamados por Dios para servirle a Él por medio de la ofrenda de sacrificios espirituales, siendo personas celosas de buenas obras.

No estamos hablando de ministros, o algún cargo eclesial, no estamos hablando de hacer una carrera teológica, o un seminario para que se pueda tener un pedazo de papel colgado en la pared, y no estamos hablando de ser un súper apóstol o un súper ungido para servir a Dios y entrar en el Lugar Santísimo; la Palabra de Dios declara que todo creyente en Cristo es “real sacerdocio”, quiere decir que el creyente en Cristo es un “sacerdote” e intercesor por aquellos que todavía están en tinieblas. Dios el Padre nos ha dado un oficio, el de “sacerdotes” para ministrar a un mundo que se está perdiendo en las tinieblas. Este es un oficio que nos pertenece de igual manera a todos los creyentes y a todos los que por fe han creído en Jesucristo como Salvador y Señor, y no es necesario tener un púlpito o ministrar en el templo; somos sacerdotes en el lugar de trabajo, en la escuela, en la oficina, en la fábrica, o donde quiera que nos encontremos; Dios dice que somos sacerdotes, y así es.

Como sacerdotes del Dios viviente, todos debemos alabar a Aquel que nos ha dado el gran regalo de sacrificar a Su Hijo por nosotros, y como respuesta, el compartir esta maravillosa gracia con otros. “Nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, y reinaremos por los siglos de los siglos.”

¡Gracia y Paz del Señor!

domingo, enero 19, 2014

EN POS DE VANIDADES: La esencia de la idolatría y lo que envuelve.


 

 

Y Samuel respondió al pueblo: No temáis; vosotros habéis hecho todo este mal; pero con todo eso no os apartéis de en pos de Jehová, sino servidle con todo vuestro corazón. No os apartéis en pos de vanidades que no aprovechan ni libran, porque son vanidades [1Samuel 12:20-21].


Samuel les advirtió a los israelitas que no siguieran tras dioses inútiles e incapaces; solamente Jehová podía darles la ayuda que necesitaban en cualquier momento de crisis. La idolatría es un pecado que se repite a lo largo de la historia del pueblo de Dios. El primer caso registrado fue en la familia de Jacob (Israel); podemos enfatizar que antes de llegar a Bet-el, Jacob ordenó que quitaran sus imágenes [Gn 35:1-4]. La primera historia registrada en la Biblia en la que todo Israel participó en la idolatría fue la adoración del becerro de oro mientras Moisés estaba en el Monte de Sinaí [Éx 32:1-6]. Durante la época de los jueces, con frecuencia el pueblo de Dios se volvió a los ídolos. Aunque no hay indicio alguno de idolatría durante el tiempo de Saúl o de David; los últimos años del rey Salomón pusieron en marcha una pauta persistente de idolatría en Israel [1R 11:1-8]. En la historia del reino dividido, todos los reyes del reino del norte de Israel fueron idólatras, como lo fueron muchos de los reyes del reino del sur de Judá. Solo después del exilio cesó la adoración idólatra de otros dioses entre los judíos.

¿QUÉ ES LA VANIDAD?

Orgullo o sentimiento de superioridad frente a los demás que provoca un trato despectivo y desconsiderado, altanería, arrogancia. Cosa que solamente sirve para mostrar riqueza, lujo o poder y que carece de valor moral. Engreimiento cualidad de la persona que tiene orgullo propio y afán de ser admirado excesivos. Presunción dicho o hecho que demuestra esta cualidad. Frivolidad cualidad de lo que no tiene contenido, utilidad o justificación. Cosa que carece de valor moral y solo sirve para ostentar, ya sea poder, posesión o autoridad sobre algo u alguna persona.

La vanidad es presunción, engreimiento, envanecimiento, jactancia, fatuidad, vanagloria, soberbia y orgullo. La vanidad es arrogancia, envanecimiento y deseo de ser admirado por el alto concepto de los propios méritos.

La vanidad se define como la creencia excesiva en las habilidades propias o la atracción causada hacia los demás. Es un tipo de arrogancia, engreimiento, una expresión exagerada de la soberbia. De acuerdo a la teología cristiana clásica, la vanidad consiste en depositar la confianza en forma excluyente en las cosas mundanas, lo que hace que el hombre no necesite de Dios. Es considerado muy a menudo como el “vicio maestro”.

En algunas enseñanzas religiosas se la considera como una forma de idolatría, en que la persona en función de sus deseos y actos mundanos rechaza a Dios en su vida cotidiana. Las historias de Lucifer y Narciso (de donde se ha sacado el término "narcisismo") son ejemplos demostrativos de lo que puede llegar a ser un completo vanidoso. Es considerado uno de los siete pecados capitales.

Friedrich Nietzsche escribió lo siguiente al respecto: “La vanidad es el temor de parecer original; denota por lo tanto una falta de orgullo, pero no necesariamente una falta de originalidad” asimismo, Mason Cooley dijo “la vanidad bien alimentada es benévola, una vanidad hambrienta es déspota”.

Alrededor de 375, Evagrio Póntico se unió a un monasterio fuera de Constantinopla y allí clasificó “los ocho pecados que, según él, atraían al hombre al infierno”. Evagrio creía que había ocho “tentaciones terribles para el alma”, y la vanidad era una de las más letales. Evagrio advirtió que la vanidad “corrompía todo lo que tocaba y la denominó un tumor del alma lleno de pus que al alcanzar la madurez se descompone en un desagradable desastre”. En 590, el papa Gregorio Magno reexaminó la lista y redujo los pecados a siete. Anteriormente, Evagrio las había denominado “tentaciones”, pero el papa cambió el nombre por el de “pecados” y proclamó que eran mortales. Para el papa Gregorio, la vanidad era el peor de los siete pecados capitales, el que contiene la semilla de todo el mal. Él escribió: “La vanidad es el comienzo de todos los pecados”.

Vanidad, del latín vanitas, es la cualidad de vano (vacío, hueco o falto de realidad, sustancia o solidez). Este adjetivo está vinculado a lo insustancial, la arrogancia, la presunción y el envanecimiento. Tampoco hay que olvidarse que este término que nos ocupa es utilizado, de igual modo, para hacer referencia a todo ese conjunto de cosas que existen en nuestro mundo y que tienen una caducidad.

La vanidad es una manifestación de la soberbia y la arrogancia. La persona vanidosa se siente superior al prójimo, ya sea desde un punto de vista intelectual o físico. El vanidoso no duda en destacar su supuesta capacidad cada vez que puede, menospreciando al resto de la gente.

En este sentido, la vanidad encubre un sentimiento de inferioridad y el deseo de ser aceptado por el otro. Al hacer gala de sus virtudes, el vanidoso intenta demostrar que no es menos que nadie (lo que en realidad siente) y espera el aplauso y la admiración de quienes le rodean.

Para la teología cristiana, la vanidad hace que el hombre sienta que no necesita a Dios. Se trata de una especie de auto-idolatría: El vanidoso rechaza a Dios ya que se tiene a sí mismo, y en muchos de los casos aunque hable de Dios, siente que no lo necesita, en otras palabras, el vanidoso se siente autosuficiente. La vanidad, de hecho, es uno de los pecados capitales (ya que engendra otros pecados).

Concretamente podemos establecer que siete son los pecados capitales, los vicios que estipula el cristianismo que deben ser evitados pues son contrarios a la moral de esta religión: La lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la envidia, la ira y la mencionada vanidad.

Más exactamente podemos decir que aquella última, al igual que el resto de los citados pecados, se asocia a un demonio muy en concreto. En este caso se relaciona con Lucifer, que es el nombre que recibe el ángel caído. Se trata de aquel ángel que contaba con una gran belleza y una maravillosa sabiduría pero que, movido por su soberbia, arrogancia y su vanidad,  se vio arrastrado a los infiernos donde se convirtió así en Satanás.

Una buena forma de comprender qué es la vanidad se encuentra en el mito de Narciso. La versión más conocida de esta historia señala que Narciso era un joven enamorado de sí mismo. Un día, al ver su hermoso rostro reflejado en un lago, se queda absorto y embelesado, incapaz de apartarse de la imagen. Finalmente Narciso muere (suicidándose, ahogándose o por no poder separarse de su reflejo, según la versión) y en el lugar crece una hermosa flor.

La vanidad se mueve en muchos círculos, también no queda excluida de la política y la religión, todo es vanidad.

La vanidad es una forma de vanagloria, y la vanagloria se basa en el orgullo. La vanidad, es el orgullo basado en cosas vanas. Cosa vana es todo aquello que se tiene por valioso pero que en realidad desvía de lo que en verdad vale. Lo vano nos apega a una falsa imagen del hombre, medido por sus riquezas, fama y poder mundano. Lo vano carece de solidez en relación a la vida eterna.

 

[2Reyes 17:15] Y desecharon sus estatutos, y el pacto que él había hecho con sus padres, y los testimonios que él había prescrito a ellos; y siguieron la vanidad, y se hicieron vanos, y fueron en pos de las naciones que estaban alrededor de ellos, de las cuales Jehová les había mandado que no hiciesen a la manera de ellas.

 

[Eclesiastés 1:2-3] Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?

La vanidad es el tema de Eclesiastés, es decir, todas las actividades humanas en la tierra no tienen sentido ni propósito cuando se realizan aparte de la voluntad de Dios, su comunión y su obra amorosa en la vida de cada ser humano. La humanidad busca siempre estar bien, no importa el camino, no importan las reglas, no importa el prójimo; todo es vanidad.

 

I- EL PODER ATRACTIVO DE LA IDOLATRÍA

¿Porque la idolatría influenciaba poderosamente a los israelitas? Podemos describir varios factores: Los israelitas estaban rodeados por naciones paganas que creían que la adoración de varios dioses era superior a la adoración de un solo Dios. En otras palabras, cuanto más mejor. El pueblo de Dios recibió la influencia de esas naciones y constantemente las imitaba en lugar de obedecer el mandamiento de Dios de conservarse santo y separado de ellas. Los dioses de las demás naciones no exigían la clase de obediencia que exigía el Señor Dios de Israel. Muchas de las religiones paganas incluían la inmoralidad sexual con las prostitutas del templo como parte de sus ceremonias religiosas. Sin duda, esa costumbre atraía a muchos en Israel. Dios exigía, por otra parte, que su pueblo obedeciera sus elevadas normas morales como se definen en su ley, a fin de mantener una relación salvadora con Él. Ellos tenían que resistir firmemente la tendencia hacia la inmoralidad y otras prácticas pecaminosas toleradas o glorificadas por las religiones paganas de las naciones.

A causa del carácter demoniaco de los ídolos, muchas veces la idolatría producía resultados genuinos y demostrables para los que adoraban ídolos. Los poderes demoniacos detrás de los ídolos eran capaces, aunque de manera limitada, de impartir beneficios materiales y físicos temporales. Los dioses de la fertilidad prometían el nacimiento de los hijos; los dioses del tiempo (sol, luna, lluvia, etc.) prometían las condiciones apropiadas para las cosechas abundantes; y los dioses guerreros prometían protección de los enemigos y victoria en la batalla. Tales beneficios prometidos eran atractivos para los israelitas, y por esta razón muchos estaban dispuestos a servir a esos ídolos.

 

II- EL CARÁCTER DE LA IDOLATRÍA

No se pueden entender las cualidades de la idolatría a menos que se entienda su verdadera esencia.

La Biblia nos enseña y pone en claro que un ídolo no es nada en sí mismo [Jer 2:11]; [Jer 16:20]. Un ídolo es un simple pedazo de madera, piedra, o yeso, esculpido por manos humanas, que no tiene poder propio. Samuel llama a los ídolos vanos e inútiles [1S 12:21], y Pablo declara explícitamente: “Sabemos que un ídolo nada es en el mundo” [1Co 8:4]; [1Co 10:19-20]. Por esta misma razón los salmistas, [Sal 115:4-8]; [Sal 135:14-18] y los profetas, [1R 18:27]; [Is 44:9-20]; [Is 46:1-7]; [Jer 10:3-5] con frecuencia se burlaban de los ídolos.

Sin embargo, detrás de todos los ídolos están los demonios, seres espirituales dominados por el diablo. Moisés [Dt 32:17], y el salmista [Sal 106:36-37] igualan los dioses falsos a los demonios. En cuanto a comer carne sacrificada a los ídolos, Pablo dice en su carta a los corintios:”Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios” [1Co 10:20]. En otras palabras, el poder detrás de la idolatría es el poder y la actividad de los demonios, y en realidad los demonios tienen gran poder en este mundo. Los cristianos sabemos, por supuesto, que el poder de Jesucristo es mayor que el de los demonios, no obstante, Satanás como “el dios de este siglo” [2Co 4:4] ejerce poder maligno sobre este siglo malo [1Jn 5:19]; [Lc 13:16]; [Gá 1:4]; [Ef 6:12]; [Heb 2:14]. Él tiene poder para producir señales mentirosas y prodigios falsos [2Ts 2:9]; [Ap 13:2-8,13]; [Ap 16:13-14]; [Ap 19:20] y para concederle a la gente beneficios físicos y materiales, y a todo esto se le llama vanidad. Muchas veces ese poder contribuye a la prosperidad de los malvados [Sal 10:2-6]; [Sal 37:16,35]; [Sal 49:6]; [Sal 73:3-12].  De hecho el evangelio de la prosperidad está lleno de idolatría y vanidad. Idolatría al dinero y a los líderes de turno; y detrás de todo este escenario se mueve el espíritu de error que hace que las cosas sucedan.

La relación entre la idolatría y los demonios se ve con mayor claridad cuando se comprende cómo están ligadas las costumbres religiosas paganas vinculadas con el espiritismo, la hechicería, la adivinación, el encantamiento, la brujería, la necromancia y otras actividades por el estilo [2R 21:6]; [Is 8:19]; [Is 65:4]; [Dt 18:9-11]; [Ap 9:21].

En [Dt 18:9-11] nos relata las abominaciones de aquellas naciones. Estos versículos contienen una lista de prácticas de magia y ocultismo, comunes en las religiones de Canaán, quienes eran una abominación a Dios y estaban prohibidas por Él. Se debía dar muerte a los del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento que practicaban tales cosas [Lv 20:27]. Asimismo, el Nuevo Testamento afirma que quienes practican tales cosas no heredaran el reino de Dios [Gá 5:20-21]; [Ap 22:15].

En [Ap 9:21] nos habla de las personas que no se van arrepentir de las hechicerías. Las hechicerías se reavivarán mucho en los últimos días antes y durante el periodo de la Gran Tribulación [Ap 18:23]; [Ap 21:8]; [Ap 22:15] [1Ti 4:1]. Las hechicerías se asocian con el ocultismo que incluye contacto con los muertos, poderes y energías sobrenaturales (demonios) o fuerzas demoníacas a fin de obtener el poder para manipular y ejercer influencia en las cosas o en las personas; y el uso de drogas casi siempre está relacionado con las hechicerías. La vanidad del corazón de las personas hace que ellas busquen todo esto.

Conforme a lo que dice y enseña la Biblia, todas esas prácticas ocultistas implican rendir culto y homenaje a los demonios. Por ejemplo, cuando Saúl le pidió a la adivina de Endor que hiciera subir a Samuel de entre los muertos, ella vio “dioses que suben de la tierra”, uno de los cuales vino a representar a Samuel [1S 28:8-14], es decir, ella vio demonios que salían del abismo o infierno.  

El Nuevo Testamento considera la avaricia como una forma de idolatría [Col 3:5]. La conexión es obvia; por cuanto los demonios son capaces de dar beneficios materiales, la gente que no está satisfecha con lo que tiene sino que esta codiciosa de más no vacilará en dar su lealtad a los principios y deseos de los seres espirituales que puedan darle lo que quiere. Aunque tales personas no adoren dioses hechos de madera, piedra o yeso, en realidad adoran a los demonios que están detrás de la avaricia y la codicia; todo esto es vanidad, por lo tanto, son idólatras. La declaración de Jesús de que “ninguno puede servir a Dios y a las riquezas [Mt 6:24] es esencialmente la misma que la advertencia de Pablo, de que los creyentes “no pueden beber la copa del Señor, y la copa de los demonios” [1Co 10:21].

 

III- ¿CÓMO REACCIONA DIOS ANTE LA IDOLATRÍA?  

Dios no tolerará ninguna forma de idolatría. Con frecuencia advirtió contra ella en el Antiguo Testamento. En los primeros dos de los Diez Mandamientos, Él se pronuncia directamente contra la adoración de cualquier otro dios [Éx 20:3-4]. Dios repitió ese tipo de instrucción en otros pasajes [Éx 23:13,24]; [Éx 34:14-17]; [Dt 4:23-24]; [Dt 6:14]; [Jos 23:7]; [Jue 6:10]; [2R 17:35,37-38]; vinculada con la orden de no servir a otros dioses había una orden de destruir todos los ídolos y quebrar las imágenes de las naciones paganas en la tierra de Canaán [Éx 23:24]; [Éx 34:13]; [Dt 7:4-5]; [Dt 12:2-3].

La historia de los israelitas fue con demasiada frecuencia en la adoración de ídolos, Dios se airó con ellos porque no destruyeron todos los ídolos  en la tierra prometida y porque adoptaron la adoración de falsos dioses en su lugar. El Señor los castigó al permitir que los dominaran sus enemigos. El libro de Jueces presenta un ciclo reiterativo, los israelitas comenzaron a servir a los dioses falsos de las naciones que dejaron de expulsar; Dios permitió que los dominaran sus enemigos; el pueblo de Dios clamó al Señor; y Él oyó y envió a un juez que los librara. La idolatría del reino del norte siguió sin impedimento por casi dos siglos. Por último, se agotó la paciencia de Dios, y Él permitió que los asirios destruyeran la capital de Israel y dispersarán a las diez tribus [2R 17:6-18].  

El reino del sur de Judá sí tuvo varios reyes temerosos de Dios, tales como Ezequías y Josías, pero por causa de los reyes malvados como Manasés, la idolatría se arraigó en la nación de Judá [2R 21:1-9]. Como resultado Dios dijo por medio de los profetas que permitiría que Jerusalén fuera destruida [2R 21:10-16]. A pesar de esas advertencias, continuó la idolatría [Is 1:29]; [Is 48:4-5]; [Jer 2:4-30]; [Jer 16:18-21]; [Ez 8], hasta que por último Dios cumplió su profecía por medio del rey Nabucodonosor de Babilonia, que capturó Jerusalén, quemó el templo y saqueó la ciudad [2R 25].  No había cosa peor para Dios que la gente fuera tras las vanidades del corazón; vanidades que se convertirían al cabo del tiempo, en idolatría.

El nuevo Testamento advierte a todos los creyentes contra la idolatría. Hoy la idolatría se manifiesta en variadas y diversas formas; pueden aparecer explícitamente en las falsas religiones, o falso cristianismo;  adorar a líderes religiosos; así como también en la hechicería, el satanismo, santería y otras formas de ocultismo. Se encuentra dondequiera que los hombres y mujeres se entregan a la avaricia y al materialismo, antes que confiar en Dios; tal es el caso del evangelio del materialismo y la prosperidad, donde el corazón de la mayoría de sus líderes están llenos de vanidad, arrogancia, soberbia y despotismo, y de ahí para abajo, donde las personas aprenden de sus líderes. Todo es vanidad. Lamentablemente las personas creen que pueden servir a Dios y experimentar su salvación y sus bendiciones, y al mismo tiempo participar en las costumbres inmorales e impías del mundo.

El Nuevo Testamento advierte que no se debe ser codicioso, avaro o inmoral [Col 3:5]; [Mt 6:19-24]; [Ro 7:7]; [Heb 13:5-6], sino más bien hay que huir de toda forma de idolatría [1Co 10:14]; [1Jn 5:21]. Dios respalda sus advertencias con la afirmación de que quienes participen en cualquier forma de idolatría no heredarán su reino [1Co 6:9-10]; [Gá 5:20-21]; [Ap 22:15].

Hoy en día abundan iglesias del último tiempo, que exageradamente predican el amor al dinero, amor a los bienes materiales; predican un evangelio diferente, anatema e idólatra; el fundamento de ellos es la prosperidad económica y se mueren por el dinero y los bienes materiales; hacen pactos por dinero y hasta sus líderes bailan y danzan sobre el dinero; otros se jactan de sus grandes templos, etc., etc.; todo esto es porque la vanidad y la idolatría del hombre ha llegado a niveles que sobrepasan. Lamentablemente la iglesia en general está contaminada con estas falsas doctrinas de amor al dinero y a los bienes materiales por ser el hombre vanidoso e idólatra.

El punto de vista que prevalecía entre los judíos del Nuevo Testamento era que ser rico y tener bienes materiales indicaba el favor especial de Dios y que ser pobre era señal de falta de fe y desaprobación de Dios [Pro 10:15]; y esto es lo que se predica hoy en día. Pudiera parecer al que observa superficialmente que los ricos están seguros [Pro 11:4], pero ante los ojos de Dios, “los tesoros de maldad no serán de provecho”.

 
CONCLUSIÓN: 

[Salmos 94:11]: Jehová conoce los pensamientos de los hombres, que son VANIDAD.

[Ezequiel 13:9]: Estará mi mano contra los profetas que ven VANIDAD y adivinan mentira; no estarán en la congregación de mi pueblo, ni serán inscritos en el libro de la casa de Israel, ni a la tierra de Israel volverán; y sabréis que yo soy Jehová el Señor.

[Tito 1:10]: Porque hay aún muchos contumaces, habladores de VANIDADES y engañadores, mayormente los de la circuncisión.

Por la vanidad y la maldad del hombre el amor de muchos se ha enfriado; a medida que pasen los días, vendrán y se verán tiempos peligrosos; se verá el éxtasis religioso, cosas extrañas y narices inflamadas y enrojecidas detrás de los altares de demonios; pronto saldrá a luz la iniquidad oculta de los púlpitos, y aunque quieran, no podrán encubrirlo, todo por amor al dinero. Vanidad de vanidades, todo saldrá a luz.

¡Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad! [Eclesiastés  1:2].

¡Gracia y Paz, de Cristo, el Señor!